Texto nro. 8 El príncipe feliz
El príncipe feliz
En la parte más alta de la
ciudad, sobre una columnita, se alzaba la estatua del Príncipe Feliz.
Estaba toda revestida de
madreselva de oro fino. Tenía, a guisa de ojos, dos centelleantes zafiros y un
gran rubí rojo ardía en el puño de su espada.
Por todo lo cual era muy
admirada.
-Es tan hermoso como una
veleta -observó uno de los miembros del Concejo que deseaba granjearse una
reputación de conocedor en el arte-. Ahora, que no es tan útil -añadió,
temiendo que le tomaran por un hombre poco práctico.
Y realmente no lo era.
-¿Por qué no eres como el
Príncipe Feliz? -preguntaba una madre cariñosa a su hijito, que pedía la luna-.
El Príncipe Feliz no hubiera pensado nunca en pedir nada a voz en grito.
-Me hace dichoso ver que hay
en el mundo alguien que es completamente feliz -murmuraba un hombre fracasado,
contemplando la estatua maravillosa.
-Verdaderamente parece un
ángel -decían los niños hospicianos al salir de la catedral, vestidos con sus
soberbias capas escarlatas y sus bonitas chaquetas blancas.
-¿En qué lo conocéis
-replicaba el profesor de matemáticas- si no habéis visto uno nunca?
-¡Oh! Los hemos visto en sueños
-respondieron los niños.
Y el profesor de matemáticas
fruncía las cejas, adoptando un severo aspecto, porque no podía aprobar que unos
niños se permitiesen soñar.
Una noche voló una
golondrinita sin descanso hacia la ciudad.
Seis semanas antes habían
partido sus amigas para Egipto; pero ella se quedó atrás.
Estaba enamorada del más
hermoso de los juncos. Lo encontró al comienzo de la primavera, cuando volaba
sobre el río persiguiendo a una gran mariposa amarilla, y su talle esbelto la
atrajo de tal modo, que se detuvo para hablarle.
-¿Quieres que te ame? -dijo
la Golondrina, que no se andaba nunca con rodeos.
Y el Junco le hizo un
profundo saludo.
Entonces la Golondrina
revoloteó a su alrededor rozando el agua con sus alas y trazando estelas de
plata.
Era su manera de hacer la
corte. Y así transcurrió todo el verano.
-Es un enamoramiento
ridículo -gorjeaban las otras golondrinas-. Ese Junco es un pobretón y tiene
realmente demasiada familia.
Y en efecto, el río estaba
todo cubierto de juncos. Cuando llegó el otoño, todas las golondrinas
emprendieron el vuelo.
Una vez que se fueron sus
amigas, sintióse muy sola y empezó a cansarse de su amante.
-No sabe hablar -decía
ella-. Y además temo que sea inconstante porque coquetea sin cesar con la
brisa.
Y realmente, cuantas veces
soplaba la brisa, el Junco multiplicaba sus más graciosas reverencias.
-Veo que es muy casero
-murmuraba la Golondrina-. A mí me gustan los viajes. Por lo tanto, al que me
ame, le debe gustar viajar conmigo.
-¿Quieres seguirme?
-preguntó por último la Golondrina al Junco.
Pero el Junco movió la cabeza.
Estaba demasiado atado a su hogar.
-¡Te has burlado de mí! -le
gritó la Golondrina-. Me marcho a las Pirámides. ¡Adiós!
Y la Golondrina se fue.
Voló durante todo el día y
al caer la noche llegó a la ciudad.
-¿Dónde buscaré un abrigo?
-se dijo-. Supongo que la ciudad habrá hecho preparativos para recibirme.
Entonces divisó la estatua
sobre la columnita.
-Voy a cobijarme allí
-gritó- El sitio es bonito. Hay mucho aire fresco.
Y se dejó caer precisamente
entre los pies del Príncipe Feliz.
-Tengo una habitación dorada
-se dijo quedamente, después de mirar en torno suyo.
Y se dispuso a dormir.
Pero al ir a colocar su
cabeza bajo el ala, he aquí que le cayó encima una pesada gota de agua.
-¡Qué curioso! -exclamó-. No
hay una sola nube en el cielo, las estrellas están claras y brillantes, ¡y sin
embargo llueve! El clima del norte de Europa es verdaderamente extraño. Al
Junco le gustaba la lluvia; pero en él era puro egoísmo.
Entonces cayó una nueva
gota.
-¿Para qué sirve una estatua
si no resguarda de la lluvia? -dijo la Golondrina-. Voy a buscar un buen copete
de chimenea.
Y se dispuso a volar más
lejos. Pero antes de que abriese las alas, cayó una tercera gota.
La Golondrina miró hacia arriba
y vio... ¡Ah, lo que vio!
Los ojos del Príncipe Feliz
estaban arrasados de lágrimas, que corrían sobre sus mejillas de oro.
Su faz era tan bella a la
luz de la luna, que la Golondrinita sintióse llena de piedad.
-¿Quién sois? -dijo.
-Soy el Príncipe Feliz.
-Entonces, ¿por qué
lloriqueáis de ese modo? -preguntó la Golondrina-. Me habéis empapado casi.
-Cuando estaba yo vivo y
tenía un corazón de hombre -repitió la estatua-, no sabía lo que eran las
lágrimas porque vivía en el Palacio de la Despreocupación, en el que no se
permite la entrada al dolor. Durante el día jugaba con mis compañeros en el
jardín y por la noche bailaba en el gran salón. Alrededor del jardín se alzaba
una muralla altísima, pero nunca me preocupó lo que había detrás de ella, pues
todo cuanto me rodeaba era hermosísimo. Mis cortesanos me llamaban el Príncipe
Feliz y, realmente, era yo feliz, si es que el placer es la felicidad. Así viví
y así morí, y ahora que estoy muerto me han elevado tanto, que puedo ver todas
las fealdades y todas las miserias de mi ciudad, y aunque mi corazón sea de
plomo, no me queda más recurso que llorar.
«¡Cómo! ¿No es de oro de
buena ley?», pensó la Golondrina para sus adentros, pues estaba demasiado bien
educada para hacer ninguna observación en voz alta sobre las personas.
-Allí abajo -continuó la
estatua con su voz baja y musical-, allí abajo, en una callejuela, hay una
pobre vivienda. Una de sus ventanas está abierta y por ella puedo ver a una
mujer sentada ante una mesa. Su rostro está enflaquecido y ajado. Tiene las
manos hinchadas y enrojecidas, llenas de pinchazos de la aguja, porque es
costurera. Borda pasionarias sobre un vestido de raso que debe lucir, en el
próximo baile de corte, la más bella de las damas de honor de la Reina. Sobre
un lecho, en el rincón del cuarto, yace su hijito enfermo. Tiene fiebre y pide
naranjas. Su madre no puede darle más que agua del río. Por eso llora.
Golondrina, Golondrinita, ¿no quieres llevarla el rubí del puño de mi espada?
Mis pies están sujetos al pedestal, y no me puedo mover.
-Me esperan en Egipto
-respondió la Golondrina-. Mis amigas revolotean de aquí para allá sobre el
Nilo y charlan con los grandes lotos. Pronto irán a dormir al sepulcro del Gran
Rey. El mismo Rey está allí en su caja de madera, envuelto en una tela amarilla
y embalsamado con sustancias aromáticas. Tiene una cadena de jade verde pálido
alrededor del cuello y sus manos son como unas hojas secas.
-Golondrina, Golondrina,
Golondrinita -dijo el Príncipe-, ¿no te quedarás conmigo una noche y serás mi
mensajera? ¡Tiene tanta sed el niño y tanta tristeza la madre!
-No creo que me agraden los
niños -contestó la Golondrina-. El invierno último, cuando vivía yo a orillas
del río, dos muchachos mal educados, los hijos del molinero, no paraban un
momento en tirarme piedras. Claro es que no me alcanzaban. Nosotras, las
golondrinas, volamos demasiado bien para eso y además yo pertenezco a una
familia célebre por su agilidad; mas, a pesar de todo, era una falta de
respeto.
Pero la mirada del Príncipe
Feliz era tan triste que la Golondrinita se quedó apenada.
-Mucho frío hace aquí -le
dijo-; pero me quedaré una noche con vos y seré vuestra mensajera.
-Gracias, Golondrinita
-respondió el Príncipe. Entonces la Golondrinita arrancó el gran rubí de la
espada del Príncipe y llevándolo en el pico, voló sobre los tejados de la
ciudad.
Pasó sobre la torre de la
catedral, donde había unos ángeles esculpidos en mármol blanco.
Pasó sobre el palacio real y
oyó la música de baile. Una bella muchacha apareció en el balcón con su novio.
-¡Qué hermosas son las
estrellas -la dijo- y qué poderosa es la fuerza del amor!
-Querría que mi vestido
estuviese acabado para el baile oficial -respondió ella-. He mandado bordar en
él unas pasionarias, ¡pero son tan perezosas las costureras!
Pasó sobre el río y vio los
fanales colgados en los mástiles de los barcos. Pasó sobre el ghetto y vio a
los judíos viejos negociando entre ellos y pesando monedas en balanzas de
cobre.
Al fin llegó a la pobre
vivienda y echó un vistazo dentro. El niño se agitaba febrilmente en su camita
y su madre habíase quedado dormida de cansancio.
La Golondrina saltó a la
habitación y puso el gran rubí en la mesa, sobre el dedal de la costurera. Luego
revoloteó suavemente alrededor del lecho, abanicando con sus alas la cara del
niño.
-¡Qué fresco más dulce
siento! -murmuró el niño-. Debo estar mejor.
Y cayó en un delicioso
sueño.
Entonces la Golondrina se
dirigió a todo vuelo hacia el Príncipe Feliz y le contó lo que había hecho.
-Es curioso -observa ella-,
pero ahora casi siento calor, y sin embargo, hace mucho frío.
Y la Golondrinita empezó a
reflexionar y entonces se durmió. Cuantas veces reflexionaba se dormía. Al
despuntar el alba voló hacia el río y tomó un baño.
-¡Notable fenómeno! -exclamó
el profesor de ornitología que pasaba por el puente-.
¡Una golondrina en invierno!
Y escribió sobre aquel tema
una larga carta a un periódico local.
Todo el mundo la citó.
¡Estaba plagada de palabras que no se podían comprender!...
-Esta noche parto para Egipto
-se decía la Golondrina.
Y sólo de pensarlo se ponía
muy alegre.
Visitó todos los monumentos
públicos y descansó un gran rato sobre la punta del campanario de la iglesia.
Por todas partes adonde iba piaban los gorriones, diciéndose unos a otros:
-¡Qué extranjera más
distinguida!
Y esto la llenaba de gozo.
Al salir la luna volvió a todo vuelo hacia el Príncipe Feliz.
-¿Tenéis algún encargo para
Egipto? -le gritó-. Voy a emprender la marcha.
-Golondrina, Golondrina,
Golondrinita -dijo el Príncipe-, ¿no te quedarás otra noche conmigo?
-Me esperan en Egipto
-respondió la Golondrina-. Mañana mis amigas volarán hacia la segunda catarata.
Allí el hipopótamo se acuesta entre los juncos y el dios Memnón se alza sobre
un gran trono de granito. Acecha a las estrellas durante la noche y cuando
brilla Venus, lanza un grito de alegría y luego calla. A mediodía, los rojizos
leones bajan a beber a la orilla del río. Sus ojos son verdes aguamarinas y sus
rugidos más atronadores que los rugidos de la catarata.
-Golondrina, Golondrina,
Golondrinita -dijo el Príncipe-, allá abajo, al otro lado de la ciudad, veo a
un joven en una buhardilla. Está inclinado sobre una mesa cubierta de papeles y
en un vaso a su lado hay un ramo de violetas marchitas. Su pelo es negro y
rizoso y sus labios rojos como granos de granada. Tiene unos grandes ojos
soñadores. Se esfuerza en terminar una obra para el director del teatro, pero
siente demasiado frío para escribir más. No hay fuego ninguno en el aposento y
el hambre le ha rendido.
-Me quedaré otra noche con
vos -dijo la Golondrina, que tenía realmente buen corazón-. ¿Debo llevarle otro
rubí?
-¡Ay! No tengo más rubíes
-dijo el Príncipe-. Mis ojos es lo único que me queda. Son unos zafiros
extraordinarios traídos de la India hace un millar de años. Arranca uno de
ellos y llévaselo. Lo venderá a un joyero, se comprará alimento y combustible y
concluirá su obra.
-Amado Príncipe -dijo la Golondrina-,
no puedo hacer eso.
Y se puso a llorar.
-¡Golondrina, Golondrina,
Golondrinita! -dijo el Príncipe-. Haz lo que te pido.
Entonces la Golondrina
arrancó el ojo del Príncipe y voló hacia la buhardilla del estudiante. Era
fácil penetrar en ella porque había un agujero en el techo. La Golondrina entró
por él como una flecha y se encontró en la habitación.
El joven tenía la cabeza
hundida en sus manos. No oyó el aleteo del pájaro y cuando levantó la cabeza,
vio el hermoso zafiro colocado sobre las violetas marchitas.
-Empiezo a ser estimado
-exclamó-. Esto proviene de algún rico admirador. Ahora ya puedo terminar la
obra.
Y parecía completamente
feliz.
Al día siguiente la
Golondrina voló hacia el puerto. Descansó sobre el mástil de un gran navío y
contempló a los marineros que sacaban enormes cajas de la cala tirando de unos
cabos.
-¡Ah, iza! -gritaban a cada
caja que llegaba al puente.
-¡Me voy a Egipto! -les
gritó la Golondrina.
Pero nadie le hizo caso, y
al salir la luna, volvió hacia el Príncipe Feliz.
-He venido para deciros
adiós -le dijo.
-¡Golondrina, Golondrina,
Golondrinita! -exclamó el Príncipe-. ¿No te quedarás conmigo una noche más?
-Es invierno -replicó la
Golondrina- y pronto estará aquí la nieve glacial. En Egipto calienta el sol
sobre las palmeras verdes. Los cocodrilos, acostados en el barro, miran
perezosamente a los árboles, a orillas del río. Mis compañeras construyen nidos
en el templo de Baalbeck. Las palomas rosadas y blancas las siguen con los ojos
y se arrullan. Amado Príncipe, tengo que dejaros, pero no os olvidaré nunca y
la primavera próxima os traeré de allá dos bellas piedras preciosas con que
sustituir las que disteis. El rubí será más rojo que una rosa roja y el zafiro
será tan azul como el océano.
-Allá abajo, en la plazoleta
-contestó el Príncipe Feliz-, tiene su puesto una niña vendedora de cerillas.
Se le han caído las cerillas al arroyo, estropeándose todas. Su padre le pegará
si no lleva algún dinero a casa, y está llorando. No tiene ni medias ni zapatos
y lleva la cabecita al descubierto. Arráncame el otro ojo, dáselo y su padre no
le pegará.
-Pasaré otra noche con vos
-dijo la Golondrina-, pero no puedo arrancaros el ojo porque entonces os
quedaríais ciego del todo.
-¡Golondrina, Golondrina,
Golondrinita! -dijo el Príncipe-. Haz lo que te mando.
Entonces la Golondrina
volvió de nuevo hacia el Príncipe y emprendió el vuelo llevándoselo.
Se posó sobre el hombro de
la vendedorcita de cerillas y deslizó la joya en la palma de su mano.
-¡Qué bonito pedazo de
cristal! -exclamó la niña. Y corrió a su casa muy alegre.
Entonces la Golondrina volvió
de nuevo hacia el Príncipe.
-Ahora estáis ciego. Por eso
me quedaré con vos para siempre.
-No, Golondrinita -dijo el
pobre Príncipe-. Tienes que ir a Egipto.
-Me quedaré con vos para
siempre -dijo la Golondrina.
Y se durmió entre los pies
del Príncipe. Al día siguiente se colocó sobre el hombro del Príncipe y le
refirió lo que había visto en países extraños.
Le habló de los ibis rojos
que se sitúan en largas filas a orillas del Nilo y pescan a picotazos peces de
oro; de la esfinge, que es tan vieja como el mundo, vive en el desierto y lo
sabe todo; de los mercaderes que caminan lentamente junto a sus camellos,
pasando las cuentas de unos rosarios de ámbar en sus manos; del rey de las
montañas de la Luna, que es negro como el ébano y que adora un gran bloque de
cristal; de la gran serpiente verde que duerme en una palmera y a la cual están
encargados de alimentar con pastelitos de miel veinte sacerdotes; y de los
pigmeos que navegan por un gran lago sobre anchas hojas aplastadas y están
siempre en guerra con las mariposas.
-Querida Golondrinita -dijo
el Príncipe-, me cuentas cosas maravillosas, pero más maravilloso aún es lo que
soportan los hombres y las mujeres. No hay misterio más grande que la miseria.
Vuela por mi ciudad, Golondrinita, y dime lo que veas.
Entonces la Golondrinita
voló por la gran ciudad y vio a los ricos que se festejaban en sus magníficos
palacios, mientras los mendigos estaban sentados a sus puertas.
Voló por los barrios
sombríos y vio las pálidas caras de los niños que se morían de hambre, mirando
con apatía las calles negras.
Bajo los arcos de un puente
estaban acostados dos niñitos abrazados uno a otro para calentarse.
-¡Qué hambre tenemos!
-decían.
-¡No se puede estar tumbado
aquí! -les gritó un guardia.
Y se alejaron bajo la
lluvia.
Entonces la Golondrina
reanudó su vuelo y fue a contar al Príncipe lo que había visto.
-Estoy cubierto de oro fino
-dijo el Príncipe-; despréndelo hoja por hoja y dáselo a mis pobres. Los
hombres creen siempre que el oro puede hacerlos felices.
Hoja por hoja arrancó la Golondrina
el oro fino hasta que el Príncipe Feliz se quedó sin brillo ni belleza. Hoja
por hoja lo distribuyó entre los pobres, y las caritas de los niños se tornaron
nuevamente sonrosadas y rieron y jugaron por la calle.
-¡Ya tenemos pan! -gritaban.
Entonces llegó la nieve y
después de la nieve el hielo. Las calles parecían empedradas de plata por lo
que brillaban y relucían.
Largos carámbanos,
semejantes a puñales de cristal, pendían de los tejados de las casas. Todo el
mundo se cubría de pieles y los niños llevaban gorritos rojos y patinaban sobre
el hielo.
La pobre Golondrina tenía
frío, cada vez más frío, pero no quería abandonar al Príncipe: le amaba
demasiado para hacerlo.
Picoteaba las migas a la
puerta del panadero cuando éste no la veía, e intentaba calentarse batiendo las
alas.
Pero, al fin, sintió que iba
a morir. No tuvo fuerzas más que para volar una vez más sobre el hombro del
Príncipe.
-¡Adiós, amado Príncipe!
-murmuró-. Permitid que os bese la mano.
-Me da mucha alegría que
partas por fin para Egipto, Golondrina -dijo el Príncipe-. Has permanecido aquí
demasiado tiempo. Pero tienes que besarme en los labios porque te amo.
-No es a Egipto adonde voy a
ir -dijo la Golondrina-. Voy a ir a la morada de la Muerte. La Muerte es
hermana del Sueño, ¿verdad?
Y besando al Príncipe Feliz
en los labios, cayó muerta a sus pies.
En el mismo instante sonó un
extraño crujido en el interior de la estatua, como si se hubiera roto algo.
El hecho es que la coraza de
plomo se había partido en dos. Realmente hacía un frío terrible.
A la mañana siguiente, muy
temprano, el alcalde se paseaba por la plazoleta con dos concejales de la
ciudad. Al pasar junto al pedestal, levantó sus ojos hacia la estatua.
-¡Dios mío! -exclamó-. ¡Qué
andrajoso parece el Príncipe Feliz!
-¡Sí, está verdaderamente
andrajoso! -dijeron los concejales de la ciudad, que eran siempre de la opinión
del alcalde.
Y levantaron ellos mismos la
cabeza para mirar la estatua.
-El rubí de su espada se ha
caído y ya no tiene ojos, ni es dorado -dijo el alcalde-. En resumidas cuentas,
que está lo mismo que un pordiosero.
-¡Lo mismo que un
pordiosero! -repitieron a coro los concejales.
-Y tiene a sus pies un
pájaro muerto -prosiguió el alcalde-. Realmente habrá que promulgar un bando
prohibiendo a los pájaros que mueran aquí.
Y el secretario del
Ayuntamiento tomó nota para aquella idea.
Entonces fue derribada la
estatua del Príncipe Feliz.
-¡Al no ser ya bello, de
nada sirve! -dijo el profesor de estética de la Universidad.
Entonces fundieron la
estatua en un horno y el alcalde reunió al Concejo en sesión para decidir lo que
debía hacerse con el metal.
-Podríamos -propuso- hacer
otra estatua. La mía, por ejemplo.
-O la mía -dijo cada uno de
los concejales. Y acabaron disputando.
-¡Qué cosa más rara! -dijo
el oficial primero de la fundición-. Este corazón de plomo no quiere fundirse
en el horno; habrá que tirarlo como desecho.
Los fundidores lo arrojaron
al montón de basura en que yacía la golondrina muerta.
-Tráeme las dos cosas más
preciosas de la ciudad -dijo Dios a uno de sus ángeles.
Y el ángel se llevó el corazón
de plomo y el pájaro muerto.
-Has elegido bien -dijo
Dios-. En mi jardín del Paraíso este pajarillo cantará eternamente, y en mi
ciudad de oro el Príncipe Feliz repetirá mis alabanzas.
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